La Coctelera
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Cuaderno Escolar

Tenemos el gustazo de presentar en sociedad a esta nueva criatura de Juan Ramón Santos.  En las Claras nos vemos el próximo viernes, 26 de junio, a las 20:30. En tiempos de vacaciones, todo el mundo con su Cuaderno Escolar.

21, jun | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia compártelo Tags: cuaderno escolar, juan ramon santos, juanra

Presentación

Mi hija Mafalda nació en la página 152 de Lo real, la novela de Belén Gopegui. No pretendo con esto trazar ningún tipo de paralelismo inverso con uno de sus personajes, que acaba por desvanecerse entre las páginas de un libro, ni tampoco se trata de una broma como la que quise gastarles hace un par de meses, cuando nos visitó Gonçalo M. Tavares. Lo que me propongo es contarles una pequeña historia de lectura que comenzó a principios del verano pasado, cuando aún faltaban dos meses para que naciese mi hija y Belén Gopegui aceptó amablemente nuestra invitación a participar en el Aula. Entonces, calculando que al nacer la niña no dispondría de demasiado tiempo, comencé a leer sus novelas sin prisa pero sin pausa, buscando, de paso, material para el cuadernillo y tomando notas para esta presentación.
Aunque de entrada quise que la lectura fuese cronológica, acabó siendo caprichosa y desordenada y, de hecho, comencé por El lado frío de la almohada, la penúltima de sus novelas, por ser –he de confesarlo–, de las que tenía a mano, la más breve. En ella, a partir de la relación entre Laura Bahía, una joven de origen cubano, y Philip Hull, un diplomático estadounidense intermediario en un trato con agentes de la seguridad de Cuba, la autora reflexiona sobre el incierto futuro de la Revolución Cubana, y lo hace desde una perspectiva distinta a la habitual, diferente de la que cabe esperar desde la verosimilitud vigente, esa que –como explica certeramente en su ensayo Un pistoletazo en medio de un concierto– imponen los dueños del discurso dominante, quienes poseen los medios de producción.
Entre mis notas de esos días destaca una primera hipótesis sobre su narrativa, la de la importancia que parecían tener en ella el tacto y el contacto físico, y, además, la referencia a la curiosa anécdota que aparece en la novela sobre un teléfono de Hungría al que se podía llamar para oír la nota «la» cuando alguien necesitaba afinar la voz o un instrumento, anécdota que me sugirió una segunda hipótesis, la de que sus novelas tratasen sobre personajes, como Philip Hull, que han perdido el tono, que han perdido el «la».
El 7 de julio comencé Tocarnos la cara, un título que, de por sí, pone de relieve la importancia del tacto, que lleva además implícita la necesidad del otro, de los amigos, la necesidad de tocarnos la cara como modo de reconocerse cuando andamos a ciegas, como señal de que no estamos solos, ya que, como señalan en el libro los papeles de Espinar, «sólo el tacto nos revela la existencia verdadera de las cosas» y porque «a través del tacto el mundo se apodera de nosotros, nos reclama». Enseguida me llamó la atención también que, como sucedía En el lado frío de la almohada, quien nos contaba la historia era un narrador bien consciente de su labor, que, de nuevo, era un personaje quien asumía con rigor la tarea de contar, lo que me llevó a bosquejar una tercera hipótesis, que los de Belén Gopegui son narradores a conciencia.
Por lo demás, la novela gira en torno a un grupo de aficionados que experimenta un nuevo ámbito de representación teatral, el llamado «Probador», y alrededor de un tema también común en la obra de Gopegui, la amistad y la traición, y, una vez más, se trata de personajes desubicados, que han perdido el «la», que nacieron, como dice la novela, cuando «no había lucha posible del bien contra el mal», cuando «todo era ambiguo y amargo igual que tantos manifiestos de cinismo donde nuestros mayores sin cesar repudiaban la clandestinidad o las células, el partido, la fe y la autocrítica».
A mediados de mes andaba de cabeza con el cuarto de la niña, jugando al tetris con los muebles por toda la casa y, curiosamente, en medio de tanta dificultad espacial, en La escala de los mapas vine a dar con Sergio Prim, un geógrafo de la percepción obsesionado con las escalas y la búsqueda de huecos, mínimos e imperceptibles refugios materiales, como un libro, una manivela o la tela de un abrigo, que le sirven para huir de la realidad, un extraño afán que entonces me desconcertó. Prim, además de ser otro narrador a conciencia, capaz de urdir un magnífico primer capítulo que –como podrán comprobar en el cuadernillo– desconcierta y engancha, es también un ser reacio al contacto, aunque enamorado de Brezo, su Maga particular, con la que juega a encuentros y casualidades en una novela a la que no le falta algún que otro guiño cortazariano.
Poco a poco iban pasando las páginas y los días, y las noches las pasábamos al fresco en el balcón, Fátima escuchando música y yo con dos o tres libros a mano, entre ellos siempre alguno de Belén Gopegui y papel para tomar notas, y apenas restaban un par de días de julio cuando empecé Lo real.
Esta vez es Irene Arce, un personaje secundario, quien nos narra a conciencia la historia de Edmundo Gómez Risco, una suerte de secreto Robin Hood mediático a través de cuyas audacias la autora desvela el juego sucio de manipulaciones y conflictos de interés político y económico oculto tras los medios de comunicación. No llevaría leído un tercio del libro cuando el 3 de agosto, de madrugada, subimos de urgencia al hospital para lo que creíamos una mera inspección rutinaria, gajes del embarazo, y allí pasé largas, inquietantes, solitarias horas de espera que distraje leyendo, entre otras cosas, Lo real, hasta que, sobre las once de la mañana y hacia la página 152, apareció el ginecólogo y me anunció en pocas palabras que, cesárea mediante, en cuestión de horas sería padre, algo que no llegué a creerme del todo hasta que tuve en brazos por primera vez a mi hija y comprendí de verdad la importancia que puede llegar a tener el tacto, no sólo en las novelas de Belén Gopegui.
Luego se sucedieron los días de hospital y la experiencia sofocante de la primera tarde en casa, que Mafalda se pasó llorando desconsolada, asustada por tanto cambio, y sólo un par de semanas después me puse con La conquista del aire, que arranca con un magnífico prólogo que no hacía sino confirmar la segunda de mis hipótesis al afirmar que «cayó la modernidad, cayó nuestro pequeño imperio austrohúngaro y estamos, como los personajes de Joseph Roth, moviéndonos en coordenadas que desaparecen», y que demuestra, además, que quien verdaderamente es un narrador o, mejor dicho, una narradora a conciencia es la propia Belén Gopegui, una escritora rigurosa, muy consciente de sus objetivos y de los mecanismos narrativos que es preciso emplear para alcanzarlos, y que utiliza la escritura como una forma de indagación, porque, como dice en ese prólogo, «el narrador quiere saber y por eso narra», algo que bien podría servir como leit-motiv de buena parte de su obra.
La escritora plantea con agilidad en las primeras páginas el conflicto principal de la novela: Marta y Santiago le prestan a su amigo Carlos el dinero que necesita para sacar adelante su empresa, pero el préstamo se convierte en una inagotable fuente de insomnio para los tres y en una enrevesada trampa que acaba por obligarles a traicionar sus ideales, poniendo de paso en peligro una amistad que se cierra en falso, como una herida mal curada. La conquista del aire es, pues, una novela sobre la amistad, pero también sobre las dificultades para mantener intactos los ideales de izquierda en una sociedad en la que es posible, como dice la autora, «que el dinero anide (...) en la conciencia moral del sujeto» y que me hizo reparar en cuál es el perfil de buena parte de los personajes de Belén Gopegui: universitarios, de entre treinta y cuarenta años, de izquierdas –aunque no sepan bien cómo ser coherentes con sus ideas– y desconcertados, como los de Joseph Roth.
En las primeras páginas de El padre de Blancanieves, la última de sus novelas, un trabajador ecuatoriano acude a casa de una de las protagonistas para hacerle responsable de su despido, debido a las quejas que ella ha dado al supermercado por la entrega negligente de un pedido, un conflicto al que sucederán otros que ponen de manifiesto que no hay una separación estricta entre las esferas privada y pública, pues lo que hacemos de puertas para adentro repercute de puertas para afuera. La novela se desarrolla en buena medida a través del diálogo cruzado entre personajes vinculados a colectivos ecologistas y de izquierda que debaten sobre las contradicciones de una cierta clase intelectual cuyo modo de vida se sustenta, hasta en los más mínimos e irrenunciables detalles, en el mismo sistema capitalista de explotación que critican, y buscan con denuedo zonas y medios de resistencia, una búsqueda que, desde La escala de los mapas, parece común a todos los personajes de Belén Gopegui, esos personajes dialogantes y desorientadas que, a pesar de haber perdido el «la», no cejan en su empeño de descubrir huecos de resistencia en el sistema, no pierden la esperanza de que otro mundo sea posible.
Para terminar, como decía al principio, mi hija Mafalda nació en la página 152 de Lo real y, al tiempo, en la 2008 de otro libro aún más real, real y difícil como la vida misma, y ojalá acabe ella algún día por descubrir esos huecos que Belén Gopegui y sus personajes buscan con tanto ahínco.

Juan Ramón Santos

18, mar | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

El hombre feliz

«El hombre feliz no tenía camisa; moraleja: el dinero no daba la felicidad. Hasta que llegó al ateneo y alguien le dijo que el hombre feliz no tenía camisa para que no se la quitaran, y el lo creyó porque aún no había cumplido diecinueve años y podía creerlo, exaltarse, predicar la buena nueva. Ahora, a punto de cumplir los treinta y cuatro, había perdido la fe en el orgullo y en la dignidad del hombre sin camisa.»

(De La conquista del aire)

5, mar | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

Tocarnos la cara

«Hay hechos minuciosos que nos suceden a tiempo o no. Desde la mesa una mano se levanta para tocarnos la cara. No esta previsto que lo hiciera, no había relación alguna entre el movimiento de esa mano y el curso de la conversación. Tampoco las palabras acusan en seguida recibo del suceso. No hay, al cabo, causa ni consecuencia visible de ese gesto, pero el canto de la mano pasó por nuestra mandíbula hasta el pómulo, y ahora adónde iremos a parar. Pues somos el nudo en la red, el punto solo del morse, pero somos también las rayas contiguas que forman el mensaje, los hilos que, acercándose a otros nudos, forman la red. Esa mano nos ha incluido en lo demás, nos ha dejado trabados como si nuestro destino no se aviniera ya, no pudiera avenirse con la facilidad del olvido y, a partir de ahora, todo fuese a permanecer. De todo quedará constancia, mas no en la cuenta de un dios avaro, del dios omnivigilante de la niñez, no en el karma de los orientales, en su bagaje enorme de culpas y aciertos, sino en el canto de esa mano. “Las sensaciones de la vista y del oído”, he leído en los papeles de Espinar, “nos llegan a través de un medio distinto del cuerpo. Sólo el tacto nos revela la existencia verdadera de las cosas, sólo con él podemos evitar unas y apoderarnos de otras, tomar una manzana o hacer fuego. También a través del tacto el mundo se apodera de nosotros, nos reclama. no olvidemos que toda soledad es préstamo.” Y hoy un hecho minucioso nos lo recuerda, asciende desde la mandíbula, roza el pómulo mientras vamos sabiendo que no hay personas vacantes, que entre la isla del náufrago, la botella arrojada y el continente, la línea no se rompe, el tacto no se rompe, y negarlo es hundirse. Necesitamos meses, a menudo, y pérdidas, ha de suceder que perdamos a las personas, tienen quizá ellas que irse para que nos mostremos dispuestos a escuchar el canto de esa mano.»

(De Tocarnos la cara)

3, mar | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

Un viaje

Un viaje. Me estaba proponiendo que hiciéramos un viaje, a mí que he tardado poco menos de un lustro en conquistar los sesenta metros cuadrados de mi apartamento. Desde que era un crío he tropezado con las cosas; un día me dijeron que si me picaban los mosquitos era porque tenía la sangre dulce y yo pensé que también mi ropa sería dulce, mi carne dulce y por eso los estantes esquinados golpeaban mis codos y los filos de las hojas se divertían abriendo imperceptibles ranuras en mis dedos y los escalones se alzaban de puntillas para tirarme abajo. Muchos años después, Lucía, a quien solía irritarle mi torpeza, decidió que no eran los objetos los que se obstinaban en chocar en mí, sino al revés, que era mi pierna, por ejemplo, la que corría a arrojarse contra el borde de la masa baja o mis costillas las que se adelantaban para clavarse contra el respaldo de un asiento de autobús. “Es un síntoma”, sentenció, aunque inmediatamente cambió de tema y ya nunca logré que me explicara lo que había querido decir, por qué no calculo bien la distancia que me separa de las cosas, y me creo a unos cuantos centímetros de la puerta que abro pero, en realidad, estoy tan cerca que voy a estrellarla contra mi frente. En fin, necesité seis años de vida de cartujo en una habitación pequeña y un cuarto de estar, para llegar a entender su sistema de medidas, a qué coordenadas se diñen unos picaportes prontos a invadir la manga de mi chaqueta, con que ángulo me apunta la mesa de crista. Y a Brezo se le ocurría sugerirme una odisea de vagones y equipajes, camas desconocidas, desayunos inesperados: ¿es que no recordaba que yo tenía fama de ser el único estudiante de Geografía a quien no le gustaba viajar? Cientos de kilómetros y al final la arena de las playas, para qué, si uno vuelve siempre, para qué, si es aquí donde uno debe habérselas con el tiempo que no descansa nunca, para qué dar rodeos. Brezo pasajera, yo soy de los que un día decidieron emplear sus vacaciones en aprender a quedarse.

(De La escala de los mapas)

(La fotografía es del diario El País)

28, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

Cuestión de escalas

–Está bien –dijo–. Tú fijas las reglas.
–No es tanto una cuestión de reglas como de escalas.
–¿De escalas?
–Tú sabes que las escalas no son patrimonio de los geógrafos. En realidad, todo el mundo las utiliza para interpretar los datos que tiene. Por ejemplo, el otro día estaba en la cocina y, a través de la ventana del patio, escuché un rebullir oscuro: podía ser la cafetera de una casa, el café subiendo, o un avión. El sonido era idéntico. Simple cuestión de escala.
Ella condescendía somnolienta.
–Brezo, yo soy un hombre pequeño, pero tengo la sensación de que tú me representas en una escala todavía más pequeña, con lo cual parezco muy grande. ¿No podrías cambiarla? ¿No podrías aumentarla un poco, o mejor, aumentarla mucho, aumentarla hasta que, en tu recuerdo, yo figurase como el punto que designa a un pueblo en un mapa minúsculo, la réplica microscópica de un Sergio Prim borroso, lejano, casi inexistente?

(De La escala de los mapas)

28, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

El magín

-El magín, el número olvidado. Lo encontraron en Cádiz, creen que data del siglo XVI. (...) Cuentan, amigos, que un número –situado entre el siete y el ocho– se perdió con los escritos del geómetra Diofante. Es una leyenda, claro, pero no necestio recordarles la teoría de que no puede existir un signo sin que en alguna parte esté su referente. Y resulta tentador. ¿Se imaginan? Un número más, una hora diaria fuera del transcurso del tiempo, cada año, entre julio y agosto uin mes que no se contabilizase. “¿Dónde encuentras estas extravagancias?”, me decías. ¿Extravagancias? Eran señales. Te lanzaba señales, ya ahora me he convertido en mis señales, Brezo perturbadora de mi vida.

(De La escala de los mapas)

28, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo

Frases sobre Cuba

25, feb | 1 comentario Posteado por: aulaplasencia En: Belén Gopegui compártelo