La Coctelera
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Categoría: Lorenzo Silva

Silva, Ovejero, Padura y Mañas,finalistas Premio Dashiell Hammett

Los escritores españoles Lorenzo Silva, José Ovejero y José Angel Mañas y el cubano Leonardo Padura son los cuatro finalistas que optan el Premio Internacional de Novela 'Dashiell Hammett', que será fallado el próximo 14 julio en el marco de la XIX edición de la Semana Negra de Gijón.

(Artículo completo en Terra actualidad)

23, may | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

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Mañana, miércoles, 22 de enero, nos visita Lorenzo Silva.
Por la mañana, en torno a las 12.30, leerá y nos hablará en el Instituto Parque de Monfragüe y por la tarde, a las 20.00, en el Auditorio Santa Ana, para el público en general.
Os esperamos a todos, en una u otra convocatoria.

21, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

Si ha de haber un protagonista

Si ha de haber un protagonista (y es posible que esto sea requisito para hacer la novela comprensible, lo que nunca debe avergonzar a quien la escribe y puede exigir el que la lee), pido que no sea uno de esos imbéciles que no miran, o uno de esos fatuos que sólo quieren ser mirados, o uno de esos miserables baratos a quienes es imposible ver si se les mira de perfil. Que no sea un héroe, ni tampoco un antihéroe, que no aleccione ni corrompa, que no se haga admirar ni aborrecer. Que no pida ser seguido cuando no va a ninguna parte, que no persiga él ninfas o vírgenes, ni sean ellas las que le busquen, movidas por la piedad, la sumisión o el horror. Si ha de haber un protagonista, que no estorbe la novela, que la sirva con decoro y ayude a construirla y no a convertirla en bostezo o en chiste. Si ha de haber un protagonista, que sea una mezcla de Philip Marlowe, el Narrador innominado y el indefenso K. (...)
      Philip Marlowe es un gran tipo y un gran protagonista, además, porque asistimos a todas sus vicisitudes interiores, lo mismo cuando sirven para enaltecerle que cuando contribuyen a rebajarle. Y le perdonamos que muchas mujeres (demasiadas) se enamoren de él, porque sus escarceos con ellas son en realidad torpes juegos de adolescencia impenitente, y porque la remota Eileen Wade, la única mujer que le fascina de veras, le deja atrás con insultante naturalidad. Pero lo que sobre todo nos ayuda a aceptarle, aun en su reprensible condición de entrometido a sueldo, es que sus pesquisas no tienen como finalidad primordial defender los intereses de quien le paga, ni siquiera el logro de la justicia, esa ficción dudosa a la que se consagran tantos burdos detectives. Philip Marlowe sólo pretende permanecer fiel a sus principios, a su personal y sentida ars boni et aequi. Por eso no duda en conspirar contra la policía, ni en destruir pruebas, ni en maniobrar al margen de los intereses de su cliente. Todos los hipócritas se espantan ante un hombre de principios, y por eso Marlowe acaba alguna vez en el calabozo, o le apalean, o se le retira el encargo. Nadie encaja con absoluta imperturbabilidad ese tipo de contrariedades, pero él nunca se amarga por eso. (...)
      El caso del anónimo Narrador de la Recherche, el presunto y discutido alter ego de Proust, es en mucho diferente. Con él nadie iría ni a la vuelta de la esquina. En un naufragio sería el histérico por el que se ahoga el que ha saltado del bote para rescatarle, en una caravana en el desierto el que se bebe toda el agua, en una epidemia el que distrae para sí el escaso medicamento salvador. Desde el principio aprendemos que es un egocéntrico imposible, empeñado en absorber la existencia de su madre, sus amigos, las muchachas en flor que demasiado bien sospechamos que en el fondo no le preocupan gran cosa, salvo que decidan tomar la sensata resolución de poner la máxima cantidad de tierra de por medio. Sus inquietudes artísticas, sus urgencias sociales, incluso su misma ansia de saber resultan malsanos. A la postre, todo parece parte de la misma intriga febril, sin otro propósito que llevar a cabo una especie de pillaje sobre la vitalidad que percibe a su alrededor y de la que él, en su postración física y moral, involuntaria o buscada de propósito, carece. (...)
      Para el sacrificio nació también, por razones diferentes, el infructuoso raciocinador K., que es procesado bajo el nombre de Josef o llamado a un inaccesible castillo como agrimensor. Antes de que consiga comprender el proceso que se le instruye morirá de una cuchillada; antes de que consiga entrar en el castillo se desplomará extenuado sobre la nieve. Y él lo sabe y quienes seguimos sus pasos también lo sabemos. Sin embargo, él sigue y nosotros le secundamos, entre el estupor y las caricias de seres extravagantes que nunca le entienden y a quienes él percibe que nunca podrá llevar hasta el lugar al que se dirige. No se sabe que admirar más en este hombre: si la firmeza con que cree en su inocencia y en la iniquidad de las persecuciones que padece, o la docilidad y aun la convicción con que acaba aceptando los castigos que le están destinados, cuando dilucida que la única transacción que cabe ajustar con el verdugo es la dulzura con que se producirá el golpe de gracia (...)
      Si ha de haber un protagonista, en resumen, que sea como cualquiera de estos tres protagonistas: humilde como K., desnudo como el Narrador, cabal como Marlowe. Que no trate de apabullarnos con sus gestas, ni con exhibiciones inservibles. Que trate de ayudarnos a vivir y también a disfrutar de que los demás vivan.

(De El misterio y la voz (Inquisiciones sobre la novela))

16, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

Algunas preguntas a Lorenzo Silva

– ¿Quiénes son los grandes inspiradores de tu prosa policíaca? ¿Grandes autores tipo Dashiell Hammet? ¿La vida real?...
- L.S. Más bien Chandler que Hammett.Y la vida, claro. Citaré por milésima vez una frase de Kafka: «De los libros sale muy poca vida, pero de la vida sale un número infinito de libros».

(De blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200412.htm )

– Hace ya un año te hice una entrevista en la que me dijiste que estabas escribiendo una novela histórica, ahora deduzco que se trataba de ésta [Carta Blanca]. Nos gustaría saber en que te inspiraste para desarrollar el tema, o, mejor dicho, ¿por qué lo elegiste? ya que aunque tú no habías nacido en aquella época, los acontecimientos son relativamente cercanos.
- L.S. Aquella época me parece apasionante. Y aunque parezca extraño, creo que la literatura no había agotado el filón de historias que ofrece. En particular, no había explorado suficiente la conexión entre dos contiendas, la Guerra Civil y la Guerra de Marruecos, de donde surgieron los jefes militares que se sublevaron y desencadenaron aquélla, pero también muchos desengañados que alimentarían después las filas republicanas. Yo quería contar la historia de uno de estos hombres, y en lugar de utilizar a alguna de las muchas figuras históricas que sufrieron esa evolución (el capitán Fermín Galán, el general Hidalgo de Cisneros, el general Rojo, el general Pozas, etc.), preferí crear un personaje de ficción y darle a su historia entidad propia.

(De www.ccgediciones.com/Entrevistas/lorenzosilva_2.htm)

– ¿Cómo se documenta para sus novelas policíacas? En la guardia civil? Policía Nacional?
- L.S. Pues me documento en todas partes. Periódicos, libros, internet, mi experiencia como abogado, mis amigos policías, y claro, muy especialmente, mis amigos guardias, que tengo varios y buenos, por suerte.

– (...) soy de los que creen que la novela española actual adolece de un serio problema: es demasiado endogámica ya que, al final, siempre se recurre a leer a los de siempre por que los nuevos escritores sufren de excesivas carencias a la hora de desarrollar tramas de cierta calidad. ¿Podría citar algún novelista español de nueva hornada que en su opinión merezca la pena? (...)
- L.S. Acabo de citar a Sánchez Piñol. Pero hay más: Antonio Orejudo, Carlos Castán, Isaac Rosa... Si te refieres a la nueva hornada como los muy nuevos, es verdad que hay poco hueco para los veinteañeros, creo que eso es un error de la industria editorial, no pensar más en el relevo.

– No se si estará de acuerdo pero a mi lo que me interesa de la novela negra no es la intriga policíaca en sí sino el reflejo de una realidad social turbia, oscura, corrupta. Me gustan sus novelas de Vila aunque a veces más que negras se me quedan un poco grises (es broma). Bueno la pregunta en si ateniéndonos a esta definición de novela negra que escritores españoles vivos son los que mejor cultivan el género, usted al margen. ¿Ferran Torrent seria uno de ellos?
- L.S. Estamos de acuerdo. Aunque creo que no hay que buscar la truculencia por la truculencia, porque muchos de los crímenes los cometen hombres grises por razones grises. Sé que queda más impactante un serial killer al que persigue un poli cocainómano y adicto al bestialismo, pero prefiero la normalidad (la misteriosa y sobrecogedora normalidad). Me parece muy bueno, aparte de Ferrán Torrent (un gran buceador en sociedades corruptas), Andreu Martín, cuyo libro Bellísimas Personas por ejemplo me parece un ejemplo admirable de novela negra.

(De www.elmundo.es)

9, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

Durante el vuelo no sucedió nada

Durante el vuelo no sucedió nada digno de mención. Chamorro siguió absorta en su tarea y yo me distraje con mi libro. Me alegré de llevarlo. Había pasajes de veras ocurrentes, y desde chico poseo la mala costumbre de reírme cuando leo algo que me hace gracia. En un par de ocasiones, mi compañera se interesó por la causa de mi regocijo. Le leí en voz alta:
      –«He visto gusanos exultantes saltando como palomitas de maíz sobre los restos en descomposición de un cuerpo humano, bullendo en alegres miríadas, brincando hasta medio metro de altura para luego caer con un golpeteo suave, como una lluvia fina. Los gusanos no atacan al azar, sino de manera concertada, como bancos de pirañas hambrientas. Algunos gusanos atacan con tanto brío a los cadáveres que, en el transcurso de unas pocas horas, son capaces de arrancarle la dentadura postiza a un hombre muerto.»
      Chamorro me observó, seria. No creí que la lectura le revolviera el estómago. La había visto soportar sin el auxilio de los remedios habituales (el Vicks Vaporub untado en la nariz, o e puro que llevábamos siempre para ofrecer a los jueces novatos) el hedor de cadáveres severamente descompuestos. Pero el pasaje le producía un ostensible disgusto.
      –¿Y qué tiene eso de gracioso? –me reprendió.
      –La vida es graciosa, Virginia. Y la muerte. Nada es en sí bueno o malo, depende del lugar desde donde lo miras. Para los parientes, la muerte del ser querido es atroz. Para los gusanos, en cambio, ya ves: Disneylandia. En realidad, todo es una cuestión de perspectiva. Imagínate si la historia la escribieran los gusanos. Todo funcionaría al revés. Cada enfermo salvado por los médicos, una decepción. Cada hombre ilustre que la diña, una orgía.
      Chamorro meneó la cabeza.
      –No has debido tomarte el zumo. Vete a saber qué era en realidad.
      No volvió a preguntarme las siguientes veces que me oyó reír, salvo la última. La verdad es que fui más bien aparatoso. El caso lo merecía.
      –¿Y ahora, qué marranada macabra acabas de leer? –me espetó.
      –Ésta te va a gustar –aseguré.
      –A ver.
      –«Otro pobre desgraciado» –leí–, «para quien el placer y el dolor estaban muy próximos, se ponía el transformador de un tren eléctrico en el pene, sujetándolo con unas pinzas, y se aplicaba débiles descargas en los genitales. Por desgracia, en una ocasión (la última), el transformador provocó un cortocircuito y el hombre recibió una descarga de 110 voltios, quedando instantánea e ignominiosamente electrocutado. Los padres escondieron el transformador antes de que llegase la policía. Pero las pinzas eléctricas dejan marcas muy características y muy fáciles de identificar en una autopsia. Tras unas pocas y discretas preguntas por parte de los investigadores, la infeliz pareja se derrumbó y contó la triste verdad de lo sucedido».
      –Desde luego, los hombres sois unos capullos –observó Chamorro.
      –Oye, ¿a qué viene esa imputación colectiva? –protesté. Y no me mires así. También las mujeres pueden morir de forma ridícula.
      –No estaría de más hacer una campaña divulgativa. Seguro que hay alguno pro aquí que se juega el pellejo de esa misma forma.
      –Peor. Aquí la corriente va a 220 voltios, el doble. El latigazo debe de hacer que se te salten los ojos de las órbitas.
      –Muy gráfico. Oye, si te atrae, ya sabes... Si no tienes trenecito eléctrico, puedes usar el transformador de tu scalextric.
      –Chamorro, me parece de muy mal gusto que utilices mis confidencias sobre los juegos que comparto con mi hijo para asestarme ese bajonazo tan vil. Por otra parte, ¿es que acaso tengo aspecto de pervertido?
      –¿Y es que eso se lleva escrito en la cara?
      Sostuve su mirada, afectadamente candorosa. A veces, he de reconocerlo, me estimulaba de forma indebida comprobar cómo mi compañera, con el tiempo, se había ido volviendo cada vez más maliciosa y más cáustica.
(De La niebla y la doncella)

8, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

La flaqueza del bolchevique

Al principio, nadie hubiera dicho que fuera a suceder nada. Llevaba un par de horas frente a la casa de esa pelleja repelente y ya se me estaban cociendo las ideas. A las seis en punto, se abre la puerta automática del garaje y emerge el descapotable de Sonsoles con ella al volante. Igual que hace un par de días, mirando desde arriba a todo y a todos, parapetada tras las enormes gafas oscuras que le hacen parecer un cruce de comadreja y astronauta. Arranco con cierta resignación y me coloco a su estela. El coche de mi prima, que he tomado prestado mientras le hacen la cirugía plástica al mío, es algo corto de caballos y tengo que apurar las marchas. Sonsoles conduce como un taxista, o sea, viviendo a medias de la suerte y de la prudencia de otros conductores y exhibiendo a ráfagas una destreza que ya podría metérsela bien doblada donde más guardada se le quedase. Para no perderla me veo obligado a hacerle algunas canalladas a gente inocente, y eso me cabrea y me excita las ganas de tumbarla bajo una lámpara de rayos UVA y dejarla allí asándose a fuego lento durante diez o doce días.
      Afortunadamente, el trayecto es corto. Justo a la vuelta de una curva, obturando hábilmente el tráfico de cuatro calles, Sonsoles abandona su coche en doble fila y se acerca a pie a la salida de un colegio para señoritas. ¿Madre soltera? Inconcebible, disponiendo a un tiempo del aborto y del sacramento de la penitencia. Me sitúo donde pueda ver la puerta del colegio y estorbar lo menos posible y espero. Diez minutos. Empiezan a salir niñas vestiditas de azul y blanco, decenas de Sonsoles en potencia arrastrando la ese debajo de los incisivos. Es un espectáculo que a ratos me revuelve las tripas y a ratos me despierta morbosos apetitos. Finalmente sale Sonsoles y junto a ella una niña o muchacha de unos quince años. El pulso se me interrumpe como si me desenchufaran. Entonces sucede.
      La criatura es la cosa más formidable que mis ojos pecadores han reflejado en toda su puerca existencia. Si Sonsoles es su madre, acepto el designio divino de haber puesto a Sonsoles sobre la Tierra, por muy improcedente que me haya parecido hasta ahora esa ocurrencia celestial. Si no es su madre, el hecho de ir a recoger a esa niña le proporciona provisionalmente una utilidad preciosa a su miserable respiración. Mi corazón vuelve a latir, ahora a toda velocidad. Hace siglos que no me pasa algo semejante y ordeno con algún trabajo mis impresiones, pero el instinto suple en seguida la falta de costumbre. Poco a poco comprendo que acabo de caer en una trampa. Suben al coche y salgo tras ellas, sin resistirme, sin planes, sin remedio.
      A partir de ese momento, Sonsoles, a quien he perseguido hasta aquí, se convierte en una borrosa mancha de humedad que escolta a la turbia deidad adolescente. La niña lo llena todo. Incluso si cierro los ojos puedo verla: su largo cuerpo a medio brotar, sus cabellos como los de las ninfas alucinantes que pintaba ese golfo de Botticelli, y una mirada azul tan inmensa que da igual la distancia. Recuerdo vagamente que nunca me han atraído las mujeres rubias, pero ni ella es una mujer ni lo que me produce es una simple atracción. De simples atracciones, como cualquiera sabe, están los basureros del espíritu llenos.
      El resto es demasiado fugaz. Las sigo hasta Serrano, donde entran en una tienda en la que el precio de toda la ropa está redondeado a múltiplos de diez mil. Desde luego me gustaría seguirlas a los probadores, quiero decir al que use la niña, pero mi sola presencia dentro de la tienda sería demasiado sospechosa. Cuando vuelven a subir al descapotable, liberando a un tipo cuyo coche ha estado un cuarto de hora bloqueado por el de Sonsoles, la criatura lleva un par de bolsas y Sonsoles unas seis. No las guardan en el portaequipajes porque queda mucho mejor arrojarlas al asiento trasero, por encima de la borda del descapotable. También porque el portaequipajes está hecho un poema como consecuencia del leñazo que yo le arreé el otro día. Arrancan y salgo otra vez detrás. En un semáforo en el que nos paramos, la niña ondea a un lado el pelo y se pone a mirar a un guardia de ésos que van por ahí fardando mucho con la moto y que de vez en cuando tienen que bajarse de ella para ordenar un cruce. El cowboy municipal queda fulminado allí mismo, con el pito colgando del labio, sujeto sólo por sus botas de jinete, mortalmente desnudo ante su propia poquedad. Cinco minutos más tarde, la puerta del garaje de la casa de Sonsoles se abre y el descapotable es engullido por la oscuridad subterránea. Fin de la aparición.

(De La flaqueza del bolchevique)

6, feb | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo

Faura contempló la sucia lona de la tienda

(Dejemos a Villena y volvamos con Lorenzo Silva)

«FAURA CONTEMPLÓ LA SUCIA LONA DE LA TIENDA. No quiso consultar el reloj, para no saber cuánto le quedaba de duermevela hasta que sonara la corneta tocando diana. Tampoco quiso mirar a sus compañeros, que roncaban como cerdos a su alrededor. Imaginó la boca abierta y babeante de Navia, que hacía el dormido mas rudo y grotesco de todos, pero no con disgusto, sino con esa especie bestial de ternura que el soldado desarrolla hacia el soldado de al lado. Sí, como decía el moro que le había machacado la cámara a Atkins, los españoles eran tontos. Los españoles y todos los extranjeros, como Klemper o Balaguer o el presunto ex oficial serbio López, que se les habían unido en aquella campaña inútil e interminable. Porque detrás de los montes que ahora miraban sólo había montes, y así sucesivamente durante kilómetros y kilómetros. Montes y montes llenos de alimañas rabiosas, hambrientas, indómitas; y vacíos de cualquier cosa que pudiera servirle a nadie, salvo las minas de hierro con el que hacer más fusiles y cañones para poder continuar la guerra que se alimentaba de este modo a sí misma como un círculo infernal. Pero había algo de lo que el moro no se percataba, y que al pensarlo, allí tumbado en la tienda, le procuró a Faura una tortuosa satisfacción: ni a él, ni a otros muchos, les importaba en absoluto ser tontos. Habían aceptado serlo, es más: habían querido serlo. Y eso los hacía tan peligrosos como aquel moro no podía imaginar, aunque otros paisanos suyos ya lo sabían. Lo sabían, estuvieran donde estuvieran, todos los que habían muerto a manos de Faura y sus compañeros en los últimos dos meses, en particular los que habían caído desgarrados a bayonetazos, mirándoles a los ojos destellantes de furia homicida. Y también alguno que había vivido para contarlo. Faura se acordaba de uno de los pocos prisioneros que habían hecho. Un hombre de unos cincuenta años, que afirmaba venir de lejos, del oeste, de allí donde se había gestado el ataque de julio. Chapurreaba español, y durante el rato que le tocó vigilarle, Faura le dejó pegar la hebra. Sin animarlo y a la vez sin impedirle que hablara. Le daba igual, como da igual que zumbe una chicharra o que cante un pájaro.
      Pero el moro, entre los lamentos y las historias olvidadas, que Faura supuso inventadas, como las que contaban todos los de su ralea, dio en decirle algo que se le iba a quedar grabado, como pasa con esas ideas que uno ha pensado antes, pero no acabó de pensar del todo, y que de repente escucha en labios de otro, impecables y conclusas:
      –Vosotros ser como niños. Y para hombres que querer vivir como hombres, nada más malo que hombres que querer vivir como niños.
      Faura le miró a los ojos, al viejo, envidiándole por un instante los cojones y la limpieza de juicio. Quizá le divirtió hacerle sentir por un momento la incertidumbre, dejarle temer si no estaba pensando en arrearle por su insolencia. Pero al final se rebuscó en el bolsillo de la guerrera, se sacó uno de aquellos pitos que liaba tan primorosamente como nadie en los ratos de descanso, y se lo tendió al viejo, mientras le decía, con su rara e insondable sonrisa:
      –Amen, mojamé

(De Carta blanca)

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La reina sin espejo

SANTOS SANZ VILLANUEVA
EL CULTURAL, 8/12/2005

Desde que nuestras letras dieron carta de prestigio a la novela negra en los tiempos de la transición a la democracia, este género ha recorrido muchos caminos: de la parodia postmoderna al modo de Gonzalo Suárez y Mendoza, o la crónica barojiana de época a lo Montalbán, ha pasado a una variante del relato psicologista.

Algunos autores de ahora relegan a un segundo plano la investigación del delito y el suspense casi inexcusable y privilegian la intimidad de los propios policías. Así lo hacen con muy buena mano Giménez Bartlett y Lorenzo Silva, los cuales comparten un curioso dato externo: ambos han puesto al frente de sus narraciones a una pareja de agentes, un hombre y una mujer, que debe solventar, de entrada, las complicadas relaciones de poder entre sexos distintos dentro de un microcosmos, el de la policía, con peculiares normas jerárquicas.
Lorenzo Silva lleva ya cuatro libros policíacos protagonizados por dos guardias civiles, el sargento Bevilacqua y la cabo Chamorro. En principio fue una idea acertada, que entrañaba no poco riesgo de parecer una ocurrencia, pero esa intuición le ha ido creciendo pienso que en su cabeza primero y luego, en consecuencia, en los libros. Así, tras media docena de casos resueltos en esas obras ha venido a dar en dos personajes de una plenitud absoluta, ricos en motivaciones personales, conflictivos sin exageraciones, densos y cálidos, al llegar a La reina sin espejo. Lo de plenitud vale, además, para la novela entera: por sus personajes (esos protagonistas y también otros guardias y varios seres más vinculados al crimen que se cuenta en esta ocasión), por la enjundia del argumento, por el ritmo de desarrollo de la anécdota, por la dosificación del suspense, por la congruencia en el esclarecimiento del delito y por el entorno de la acción. También, claro, por el estilo, elaborado sin perder naturalidad. (...)
(Puedes leer la reseña completa en El Cultural)


31, ene | sin comentarios Posteado por: aulaplasencia En: Lorenzo Silva compártelo