Categoría: Luis Antonio de Villena
Villena, Shakira, Plasencia
Villena: 'Si la poesía fuese minoritaria Shakira no vendería discos'
El poeta madrileño Luis Antonio de Villena ha afirmado en Plasencia que la poesía popular no es minoritaria en absoluto sino que 'al contrario, es muy mayoritaria porque, de otra manera, Shakira no vendería ni un disco'.
De Villena, nacido en Madrid en 1951, fue el encargado de clausurar anoche la novena temporada del Aula de Literatura 'José Antonio Gabriel y Galán' placentina, lo que hizo con una lectura poética de algunas de sus obras que tuvo lugar en el Auditorio 'Santa Ana'.
(Artículo completo en la página de Terra)
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Presentación. Luis Antonio de Villena
Los caminos del lector son inescrutables. Hace algunas semanas, después de escuchar, en esta tribuna del Aula de Literatura y en sus aledaños, elogios del escritor Miguel Espinosa, me decidí a leerlo y comencé, de sus libros, por el que resulta hoy más accesible, Asklepios, el último griego, el drama de «un hombre desterrado en el tiempo, extrañado de su época y separado de su patria por el hueco de los siglos», de un espíritu griego abandonado a su suerte en el mundo contemporáneo. Quién me iba a decir a mí que las atinadas e inteligentes impresiones de Asklepios, que se cruzaron en mi camino casi por casualidad, me iban a servir de inesperado preámbulo a la lectura del poeta que nos acompaña esta noche, Luis Antonio de Villena. Asklepios dice cosas como estas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad, o como, rehúso la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto o, en otro lugar, exclama ¡Emoción del desnudo habida en mi juventud!, rostro inmanente y temeroso de la verdad, huida del ser hacia el origen, disposición mística, comparecencia del destino, yo te amo, y uno, leyendo, entre otras, esas palabras, no puede dejar de apreciar en ellas cierta afinidad con el Villena anhelante de belleza antigua, con el Villena decadente y melancólico o el Villena vitalista que canta triunfal la perfección del cuerpo joven. Y es que la lectura funciona un poco así, de manera inescrutable, los libros se suceden como siguiendo una lógica oculta, con misteriosa premeditación, y de pronto un libro inesperado como Asklepios se convierte de la forma más natural en clave de lectura de la poesía de Luis Antonio de Villena, y uno, asombrado, acaba por preguntarse si semejante armonía será fruto sólo del azar o si al cabo no existirá una divinidad secreta que guíe los inciertos pasos del lector fervoroso.
Comenzando ya con Luis Antonio de Villena, muchas han sido las limitaciones de éste, que ahora lee y que días atrás preparó el cuadernillo que tienen en sus manos, a la hora de dar cuenta –en pocas palabras y apenas veintiocho páginas– de la amplia obra del poeta. Insistiré en hablar de Luis Antonio de Villena como poeta, no porque olvide sus frecuentes y fructíferas incursiones en otros ámbitos de la literatura, sino porque, como él mismo ha afirmado en más de una ocasión, se considera, esencialmente, un poeta, e incluso ha llegado a decir que, como hizo Jean Cocteau, bien se podría agrupar toda su obra bajo el epígrafe común de Poesía o Poesía completa, en la medida en que toda ella, sin dejar de ser narrativa, ensayo o periodismo, está recorrida por un notable trasfondo poético.
Si nos referimos a las manifestaciones adyacentes a esa palabra esencialmente poética de Luis Antonio de Villena, tendremos que hablar de la ingente cantidad de obra en prosa que ha publicado desde que, recién acabada la carrera de Filosofía y Letras, escribiese por encargo el ensayo La revolución cultural (desafío de una juventud), un libro sobre la contracultura o –acaso mejor dicho– sobre la cultura a la contra, que reorientó sus pasos hacia la literatura y el periodismo cultural, truncando una trayectoria que parecía conducirle inexorablemente hacia la docencia. Entre aquel libro de 1975 y Los días de la noche, de 2005, Villena ha publicado, entre otras muchas obras, ensayos sobre el dandysmo, sobre Kavafis, Óscar Wilde, Caravaggio o Luis Cernuda, libros de relatos como El tártaro de las estrellas o La fascinante moda de la vida, novelas como El burdel de Lord Byron, El mal mundo o El bello tenebroso, en suma, una vasta obra en prosa difícil de abarcar sin recaer en interminables enumeraciones.
Pero el poeta ejerce, además, como afanoso secuaz de la diosa de la lectura cuya hipotética existencia planteábamos antes. De la mano de Villena, sin duda muchos lectores en este país han descubierto obras y autores fundamentales, y me refiero aquí a su prolongada labor de difusión y crítica literaria tanto en la radio como en la prensa escrita, a sus traducciones del latín, del francés, del inglés, entre las que podemos destacar poemas de Catulo, poesía simbolista francesa o las Cartas de cumpleaños de Ted Hughes, y también, cómo no, a la edición de antologías poéticas, algunas de ellas de poesía joven, en las que ha asumido la siempre arriesgada tarea de poner de relieve nuevos valores, entre ellos, por ejemplo, en la antología 10 menos 30, a un poeta nacido en Plasencia aunque desconocido para muchos de nosotros, Ángel Paniagua.
Hablemos ya estrictamente de poesía. La trayectoria poética del autor comienza con la publicación en 1971 de Sublime Solarium, un libro muy propio del momento novísimo que vivía entonces la poesía española y muy propio también, imagino, de aquel Villena de dieciocho o diecinueve años, un libro tremendamente vital y rico en referentes culturales, un libro acaso excesivo pero en el que, sin duda, se encuentran ya muchos de los temas, muchas de las claves de la poesía que ha venido escribiendo con posterioridad. En los siguientes diez años se suceden Syrtes –que no verá la luz hasta el año 2000–, Viaje a Bizancio, Hymnica y Huir del invierno que recibe, en 1981, el Premio de la Crítica, libros, sobre todo estos dos últimos, que consolidan, con apenas treinta años, la trayectoria poética de Luis Antonio de Villena y en los que destacan, además de vitalismo y culturalismo, dos vías paralelas que contribuyen, entre otras, a dar unidad a esa trayectoria. Por una parte, la contemplación gozosa de la belleza con minúsculas, una belleza fundamentalmente masculina y adolescente, carnal y clásica, que sirve al poeta para subir, cuerpo a cuerpo, la escala invisible y luminosa que asciende hacia la Belleza con mayúsculas, en un juego platónico de mayúsculas y minúsculas en el que se ven asimismo enredados el amor y un deseo gozosamente demorado, y cuya contrapartida, desde la toma de conciencia del tiempo y de la condición efímera e impura de la belleza encarnada, es el camino contrario, oscuro y decadente, que lleva a la frustración, la melancolía y la soledad, y que se manifiesta en versos como los finales del poema «Cuesta abajo», de Huir del invierno, perder es el gesto más noble de la vida (...)/ perder es el último acto de dandysmo, unos versos y una actitud que, unidos a su decidida y personalísima estética, han dado en que se le haya calificado, probablemente hasta el hartazgo, de dandy, a menudo en su acepción más simple y superficial, como corresponde a todo intento obstinado de implantar una etiqueta.
En cualquier caso, Villena no es sólo el poeta idealista y, al mismo tiempo, decadente. Es un poeta que huye del invierno y refleja en sus poemas el calor del sol mediterráneo, pero también la noche y sus esquinas, que retrata cuerpos en plenitud y cuerpos rendidos, que recrea instantes vitales de la Grecia clásica, Roma, el Islam más sensual o la Edad Media y recorre escenarios urbanos propios de la poesía de la experiencia como son bares, billares o discotecas, que unas veces rescata del olvido del tiempo y encarna voces ajenas, a menudo la de escritores como él mismo heterodoxos, y, otras, emplea en sus poemas un yo decidido, narrativo, autobiográfico.
Dicen que al Villena platónico y contemplativo de los primeros libros le sucede, fundamentalmente a partir de Marginados, pero también en Celebración del libertino, Las herejías privadas o Los gatos príncipes, un Villena más realista y combativo, que toma partido, asumiendo un compromiso político directo, defensor de la individualidad frente al orden y la moral establecidos, aunque puede que, en gran medida, ese inmoralismo cívico que ahora destaca no sea sino la consecuencia lógica y necesaria del ferviente paganismo que ha venido siendo seña de identidad del poeta desde sus orígenes. Como señala Juan Antonio González Iglesias en su excelente prólogo a Alejandrías –antología de la obra de Luis Antonio de Villena publicada en 2004 en Renacimiento–, «sus primeros libros se acogían a una helenidad cultural que básicamente era anterior al cristianismo. Entonces casi escribía como si fuera un griego o un romano de los que ni siquiera imaginaron lo que se les venía encima. En realidad, no eran paganos porque no sabían que lo eran. No se oponían al cristianismo. (...) Años después, la paganidad de Luis Antonio se vuelve efectiva. Consciente. Es la del que conoce bien el otro orden moral, emplea incluso su lenguaje. Es posterior al cristianismo. Protesta como un verdadero pagano: coexiste con los cristianos, lucha contra ellos». Paganismo este que nos devuelve al principio, y no me refiero –aunque también– a los orígenes nuestra civilización, sino al principio de esta presentación, y que le lleva a uno a preguntarse quién resultará al fin más merecedor del título de último griego, si aquel Asklepios de Miguel Espinosa o el poeta, el pagano, el esteta, el disidente Luis Antonio de Villena.
Juan Ramón Santos
29, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
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Esta tarde nos visita Luis Antonio de Villena. La cita, abierta a todo el público, es en Auditorio Santa Ana a las 20.30. Por la mañana, en torno a las 12.30, leerá en el Instituto Virgen del Puerto. Os esperamos a todos, en una u otra convocatoria.
28, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
Ibn Arabi busca la rosa en el laberinto

Recordando su talle, gimo de amor, como las palomas que lloran sobre las ramas.
UMAR BEN UMAR
Destroza el mar la noche cual pálidos amantes que en sus lechos
vacíos de la boca exhalasen arroyos como nardos.
Despide el mar sus vahos en la noche de estío, y fresas en los labios
dos amantes desnudos caminan por la arena, dibujos de
oxiacantos en los dientes, como nieva en tu cuerpo cuando el
arpa se quiebra por las noches en sus patios vacíos.
Rompe la espuma negro silencio de océanos como manos ardientes
tracean caracolas y retuercen las urnas de los fondos donde su
luz desgranan aromas como abismos.
Alejados, tu voz oí en la sombra como anda un felino, el desgarrado
anillo de tus pasos de bronce, la mansedumbre igual de tus
labios a perlas, el horizonte azul de tus pestañas, tu cuerpo
como alfombras de vítrea maravilla. Reminiscencia de alientos en
la almohada, de crines en tus labios, yo distinguía tu voz
cálida y pura.
Expresar no podría la arena en el desnudo, la brisa por el cuerpo,
columnas que se queman en gélidos teatros de panteras,
enveses de las hojas, la savia macerada por conjuros de diosas
en profundas rodillas. Desconoce del fuego los altares
siniestros quien sus manos no ha visto, un dardo me atraviesa
por las noches y en la playa canora de los dulces estíos, la
embriaguez de la vida me ata al mundo como el tallo gramíneo
iridiscente de los lilios.
Recuerdo entre las ondas las pasadas grandezas, el agua en mis
cabellos estandartes convierte de planta por la noche los
siniestros bajeles. Me alejo. No te oigo. Y en la línea grisácea de
una playa de oro, los restos se adivinan de naufragios, de
apagados o efímeros desnudos.
Tú seguiste mis huellas en la arena, porque el amante niega la
verdad de los lustros y en cenafas convierte las voces de las
ninfas cuando la nieve ronda entre sus labios y al mirar los
vacíos de la noche inseguros, mi nombre gritaste entre gaviotas
negras, pálida amante de la luz, rosa de feldespato, tibia
artemis desnuda...
Mientras yo contemplaba tu luz entre los lienzos, envuelto en mansos
pliegues de las ondas, gorriones traspasando la barrera del
tiempo, escualos de horizonte vertidos por los ojos, como si
lejos el karma de las flechas del mundo, heráclitos soñase en
ríos de verano, contemplando por fin, faltos de niebla, el lugar o
los cuerpos de sirena, nícticas amantes que en otro tiempo
amamos...
Porque es el amor cifrar en lejanía, el viento de los tigres por la
noche o recuerdo de un beso como lluvia caliente en las pupilas.
Encenderse es amor en mística de instantes, cargueros que se
hunden, lentas mitologías de dioses o zalemas en faz de
terciopelo, un segundo en las playas del estío, el mar como tus
ojos, recuerdos de sirenas en noches de abalorios o de espumas
de ónix y después, cimitarra de luz que se pierde en la tarde,
después de los magnolios viene siempre el olvido...
(De Sublime solarium, Luis Antonio de Villena)
28, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
Fabliau del encuentro
Y abriría la puerta y tú estarías allí,
como el árbol, sin saberlo.
Y diría palabras que no son mármol,
ni tampoco melancolía.
Y de ti quedaría, como en el vaso,
el olor de la rosa,
sus pestañas profundas de belleza abisal
como las esmeraldas,
el fulgor de lejanas estrellas que como agua
relumbran y seducen.
Dicen que no puede ser más, vibrar de palmas,
ojos, susurrar de yerba,
pero basta un dardo, no hay defensa,
lo demás es solo saber
que tú puedes llamas y sol y cáliz de pétalos
en el calor de la noche.
Toma en tu casco toda la luna que puedas,
hasta el beso,
y oscurece, oscurece tu lenguaje.
Y de ti quedaría, como en el vaso, no las
palabras, sino el olor de la rosa.
(De Syrtes, Luis Antonio de Villena)
28, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
Piscina
Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla,
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.
(De Viaje a Bizancio)
27, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
Un arte de vida
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tantas euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán
después, un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes nada. (No consultas
oráculos.) Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
Y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.
(De Hymnica)
27, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo
Sobre el dios de Homero
Para José Olivio Jiménez
I
Se puede decir de muchas cosas. Puedes aplicar
el nombre (y lo aplicas) a menudo. Pero lo que
la Belleza verdaderamente es lo sabe sólo el corazón
cuando se arrastra, cuando tiembla ante la forma hermosa,
y quisiera pararse allí, acampar para siempre en
ese oasis, olvidar el destino, contemplando, bebiendo,
nutriéndose de esa armonía que hace suspirar el alma.
Parado en la calle, como un beodo idiota, como absoluto
necio sin sentido, mirando sus ojos, su cuerpo,
la magia irredenta de su juventud. Su hechizo sin nombre.
II
Ahí sería el Amor. Esos ojos serían
la amistad, que hace música. Su cuerpo
sin memoria, real, nosotros dos, juntos, riendo.
Tú serías la tarde del invierno fumando
en un estudio; la perfección de tu sonrisa
aquel día, saltando por el frío, brillantes
como estrellas, en las canchas, esperando la gloria
singular y la carrera y la cerveza que sólo
embriaga en el País de la Juventud... Contigo
sería la excursión, el fuego, el cántico nocturno,
la mañana del río -tus piernas dejando aromas
de verano- ahí la sinrazón, los dioses, la alegría;
Malasia que aproxima en vientre aventuras,
las selvas, los cafés para copiar apuntes, yo
tus mismos ojos, tú el amor, así la amistad,
el deseo ahí, allí la voz fratría, el placer,
la dicha de ser como no nos sabemos, tú
el valle, el paje, los lirios, la poterna, todo
lo que ni tú ni yo, plurales, hemos sido...
¿Qué haces ahí, tan brillante y tan bello?
III
Me tienta decir que eres ya otra persona.
Y que poco en ti queda de la magia que amaba.
La clepsidra, cuya acción es el cambio, sobre ti
ha ido dejando caer días muy veloces
y todo es diferente, aunque quien ahora mira
por primera vez, contemple todavía una obra perfecta.
Pero puesto que aún eres admirable, y estás aún
sobre la cresta altiva de la ola de tierra, lo que debo
decir es otra cosa. Verte como una acumulada
sucesión de tesoros. Como el fértil agosto que se extasía
en sus soles, como el día de luz que no
presiente otoños: Luna y hoguera si se crecen las tardes.
Potente dios con cuerpo iluminado, te veo ahora,
en el minuto fugaz que tú eternizas. Lo ignoras,
pero de ti envidio más la vida que lo hermoso,
y adorarte, mancharte, hurgarte, profanarte sacaramente
para tu propia loa, cubrirte de perfumes y gritos
hasta la última muerte, sería para mí justicia y salvación,
para ti sólo un instante más, otra ofrenda sin nombre
ni memoria. Los dioses mueren, mas no dejan de serlo.
Y todo dios es una exacta sucesión de muchos dioses.
IV
Pido que fenezca este imperfecto mundo.
Que las ideas cobren la apariencia de cuerpos.
Que la luz sea tangible, pero que sea luz,
y que se vea música en los rizos dorados...
Nos pido a ti y a mí en la misma materia,
y que en la antigua y alta forma del amor,
el rostro confundamos y el deseo entre estrellas...
(De Huir del invierno, Luis Antonio de Villena)
24, mar | sin comentarios aulaplasencia En: Luis Antonio de Villena compártelo